Palabras son palabras

La percepción que en Occidente se tiene de la tradición oral africana se mueve habitualmente entre dos extremos. Por un lado, la fascinación por un mundo de saberes que se transmiten por el boca a oreja, que no están al alcance de todo el mundo y que aparecen revestidos por una pátina de misterio. Por otro lado, el menosprecio por una modo de transmisión que contraviene aparentemente el criterio de rigor, básicamente, porque no queda huella de ese proceso, porque no tiene un carácter fugaz que no aspira a la permanencia de la letra impresa. Así, entre la fascinación del secreto y el menosprecio del comentario de patio de vecinos, no nos esforzamos por admitir que existen modelos de producción cultural que quizá no encajen en nuestros esquemas pero no por ello resultan menos válidos.

No llegaremos a comentar los extremos de la negación de la cultura en África que ha tentado incluso a personalidades políticas occidentales de relevancia (no es necesario ni siquiera citar el vergonzoso discurso de Nicolas Sarkozy en Dakar) olvidando que se trata de una teoría amamantada en las sombras de las corrientes racistas que pretendían demostrar la inferioridad del hombre negro. Parece poco pertinente entrar en semejante discusión. Sin embargo, con una perspectiva más moderada se impone, en ocasiones, la idea de que la oralidad no es literatura. La voluntad de marcar las diferencias lleva incluso al debate semántico del término “literatura” y a la invención paternalista del concepto “oralatura”.

Detrás de estas discusiones no hay sino una visión eurocentrista que nos concede la potestad de decidir qué es literatura, o más bien qué producciones culturales tienen la calidad suficiente para entrar en la historia de las producciones culturales. El hecho es que mitos, leyendas, cuentos o epopeyas que forman el sustrato de ricas y antiguas culturas se han transmitido oralmente y negar el valor de esas piezas sólo por el canal empleado no deja de ser un atrevimiento. Más teniendo en cuenta el tremendo respeto hacia la palabra en las culturas sustentadas sobre la tradición oral. Sin ánimo de entrar en comparaciones, seguramente la palabra tiene un mayor valor en esas culturas, básicamente porque sólo el respeto garantiza su continuidad.

Lo explica de manera magistral Djibril Tamsir Niane, en una conferencia pronunciada en la Université Gaston Berger de Saint Louis en 2009, cuando señala que “no se enfatizará nunca suficientemente que en una civilización en la que la oralidad, la palabra tiene un lugar central, ésta, quiero decir la palabra, tiene una naturaleza mágico-religiosa. El manejo y el dominio de la palabra son el fruto de un largo aprendizaje que desemboca en una técnica y un arte que son el patrimonio de los ‘maestros de la palabra‘”.

En el mismo sentido, Ferran Iniesta desmonta la visión de la tradición oral como puro cotilleo, rumor o conversación de patio de vecinos, precisamente por ese carácter de la palabra: “Al considerar Kuma, la Palabra como un don creacional, divino, ello convierte al iniciado de cualquier rincón de África en un soporte o transmisor de la verdad oral. Insisto, estamos muy lejos del griot y su ‘saco de palabras’, y mucho también del ‘saber neutro’ del que presume la ciencia moderna. Cualquier conocimiento procede del Principio Supremo, y quien dispone de él es, ante todo, un servidor de la verdad y para nada un amo manipulador que podría usar ese saber para su ventaja individual o para dañar injustamente a otros”.

Portada de Sunyata o la epopeya mandinga, de Djibril Tamsir Niane, representa uno de los grandes relatos transmitidos por la tradición oral a lo largo de los siglos.

Portada de Sunyata o la epopeya mandinga, de Djibril Tamsir Niane, representa uno de los grandes relatos transmitidos por la tradición oral a lo largo de los siglos.

Es evidente que leyendo estas explicaciones se percibe que esos actos de transmisión son de una responsabilidad enorme. Cheikh Hamidou lo expresa de un modo cargado de ternura y admiración en Los guardianes del templo, cuando explica el papel de los griots de la siguiente manera: “Durante milenios, antes de que el hilo tendido por la escritura no hubiese cosido desde el interior y desde otros lugares el mundo negro, los griots, a través de sus voces y de los instrumentos que imaginaron, fueron los demiurgos que le pusieron nombre a este mundo y sus únicos testigos. Ellos fueron quienes lo exaltaron, lo llenaron de dignidad, de ‘peso’, como ellos dicen, lo elevaron por encima de sí mismo, lo sostuvieron en los campos de batalla, lo mantuvieron en la gloria y en la tradición. Ejecutaron esta obra contra el silencio y el olvido, contra el tiempo destructor”.

Así han llegado hasta nuestros días las historias de reyes y grandes hombres de la antigüedad africana, pero también los cuentos a través de los que se transmite una manera particular de ver el mundo. Quizá deberíamos repensar si una persona que considera que ha recibido, en forma de historias, la misma sustancia del mundo y que su único objetivo es que no se pierda y transmitirla a su vez, tiene menos credibilidad que cualquier página escrita. Si lo hacemos seremos capaces de disfrutar, por ejemplo, de la apasionante epopeya de Sundjata Keita o de muchos otros relatos asombrosamente bellos.

• Iniesta, Ferran, 2010, El pensamiento tradicional africano. Regreso al planeta negro, Madrid, Los libros de la Catarata.

• Niane, Djibril Tamsir, 2009, “La Charte de Kurukan Fuga. Aux sources d’une pensé politique en Afrique”, Leçon Inaugurale de l’Université Gaston Berger de Saint-Louis. (Consultada en http://www.ugb.sn/actualites/lecon_inagurale_2009.pdf)

• Niane, Djibril Tamsir, 2011, Sunyata o la epopeya mandinga, Barcelona, Ediciones Bellaterra.

• Kane, Cheikh Hamidou, 1996, Les Gardiens du Temple, Abidjan, Nouvelles Éditions Ivoiriennes.

Nota: Este post fue publicado originalmente en la sección de Letras Africanas de Wiriko.org

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