Un Senegal que se cree la democracia

Colas de votantes en un colegio electoral el 26 de febrero

Colas de votantes en un colegio electoral de Dakar el 26 de febrero

Precisamente unos días antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales senegalesas del pasado domingo 26 de febrero Jordi Tomàs, antropólogo e investigador del CEA-Icste de Lisboa, dio una conferencia en Barcelona sobre el Estado-nación en África. La pregunta era si el modelo de estado-nación había arraigado en el continente negro. Ni de lejos pretendo extrapolarlo al resto de África pero viendo cómo han ido estas elecciones, para el caso de Senegal la respuesta es rotundamente sí.

Llegas a Senegal y te encuentras con un panorama en el que catorce candidatos se disputan la presidencia en un amalgama de siglas y coaliciones que parecen imposibles de descifrar. Intentas arrancar la primera capa y la cosa no mejora, antes al contrario empeora. Te encuentras con los egos que hacen nacer y morir partidos aquí y allá y con las transiciones y desplazamientos de unas formaciones a otras que hacen pensar en sed de poder más que en ideologías o convicciones. Un trasfondo nada diferente al europeo, por otro lado, en el que los nombres de los partidos nada tienen que ver con sus políticas. Estás convencido de que no llegarás de ninguna manera a entender lo que hay debajo de estas capas superficiales y un día de la manera más tonta se obra el milagro. En un puesto callejero en el que hacen bocadillos de tortilla y patatas fritas te encuentras con un tipo que como por arte de magia y con mucha paciencia deshace el entuerto.

Bastan un par de cocacolas para que el individuo anónimo, senegalés de a pie, desgrane trayectorias, amistades, puestos previos de los candidatos, bastiones, tácticas electorales… de todo un poco. Y entonces te da la risa cuando ves los análisis simplistas que hablan de voto étnico o voto religioso. La explicación es sencilla, lo que hay bajo la superficie es demasiado complejo, la capa más externa, sin embargo, permite sentencias aplastantes y titulares de impacto, así que la balanza se inclina inmediatamente hacia la comodidad, incluso aunque esté lejos de la realidad.

Los sentimientos políticos que mueven a los senegaleses son de lo más democráticos. Durante los últimos días los he visto indignados porque el proceso electoral pudiese poner en duda su madurez política, porque se cuestionase la trayectoria de la que hacen gala, la de conocer la democracia desde mediados del siglo XIX (aunque fuese para votar como franceses). “Sabemos lo que es la democracia desde antes que los españoles”, me advertían. José Naranjo, un periodista canario con amplia experiencia en Senegal da otra clave, cuando en junio Abdoulaye Wade intentó cambiar la constitución en una deriva dinástica el grito de la calle fue “Ne touche pas ma constitution” (No toques mi constitución). “Es su constitución y se la creen. Tienen un sentimiento profundamente republicano”, explica Naranjo.

Otro elemento es la toma de responsabilidad individual en los procesos colectivos del que habla el experto Vincent Foucher; la misma idea la expresa Camille Bauer en la expresión “citoyanité contre clientelisme” (ciudadanía contra clientelismo); y el director del CESTI (la escuela de periodismo de la Universidad Cheik Anta Diop de Dakar) Ibrahima Sarr la resume en el sentimiento de ciudadanía, entendido como la necesidad de que su voz sea escuchada. Los tres coinciden en que esta corriente viene de las elecciones del año 2000, cuando Wade arrebató el poder a Abdou Diouf. “Entonces”, explica Foucher, “el partido de Wade le había dado la espalda y fueron grupos de ciudadanos voluntarios los que se comprometieron con su campaña”. Continuando el paralelismo, hoy, los ciudadanos se han empeñado en el cambio, porque han considerado que Wade no ha respetado las reglas del juego, no ha querido aceptar las condiciones que impone su Constitución. Y eso es una lección de democracia.

Los ciudadanos durante casi un mes han utilizado sus armas, han protestado en la calle, contra el intento de perpetuarse de Wade y han creado un clima que se percibía en el ambiente sin necesidad de demasiado análisis político. Los senegaleses saben que a menudo se habla de su país como la excepción africana y no estaban dispuestos a que eso cambiase. El tipo aquel del puesto de bocadillos de tortilla decía con convicción: “El pueblo toma el poder. Nos da igual lo que digan las urnas. Le dimos (a Wade) un país en paz y queremos que nos lo devuelva también en paz. Pero Senegal no es como otros países africanos, aquí no estallará la guerra”.

A pesar de esa convicción el miedo al fraude electoral e, incluso, a la violencia no estaban conjurados durante la jornada electoral. Por eso, los senegales han usado también las armas institucionales y, a pesar de las amenazas, han ido a votar. Increíble colofón para un largo, duro e incierto proceso de contestación. José Naranjo sigue ofreciendo claves: “Quizá hemos infravalorado la madurez democrática de este pueblo”. Los miembros de la sociedad civil inscrita en el M23 (movimiento de protesta nacido el 23 de junio ante el proyecto de cambio constitucional de Wade) lo decían el lunes en la prensa: “El pueblo senegalés ha demostrado estar muy por encima de sus políticos y de sus instituciones”.

Y, por último, un resumen de Naranjo: “Esto es un ejemplo para todos nosotros. También estamos hartos, también pedimos más participación. Pues mira, el pueblo senegalés ha tomado su responsabilidad. Este proceso es histórico”. Ahora los senegaleses esperan la celebración de la segunda vuelta de las elecciones prevista para el 25 de marzo.

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