¿Quién dijo África? 13: Kony, Chibok y ambigüedades

Quiendijoafrica13Hace unos días aparecía de nuevo en escena Joseph Kony, no lo hacía a toda página, sino en un blog, eso sí del principal periódico español. Joseph Kony es el líder del LRA (el Ejército de Resistencia del Señor) que operaba en Uganda y al que una eficaz campaña viral colocó en portada en 2012 como el demonio del momento. Las actividades de la ONG Invisible Children colocaron a Uganda, el LRA y los atropellos del grupo armado bajo los focos y a Joseph Kony como su principal protagonista. Lo hicieron recurriendo, como ocurre a menudo, a un discurso sensacionalista, simplista y deformado, el del hombre blanco compasivo que debe salvar a los niños negros porque las sociedades africanas son incapaces.

La campaña de Invisible Children fue eficaz porque consiguió un impacto insospechado, y llamó la atención sobre la región, pero también tuvo consecuencias perversas. La presión internacional empujó al presidente Obama a enviar a sus equipos militares a la zona del norte de Uganda donde aseguraban que operaba el LRA y donde se suponía que se escondía el demonio. El resultado fue que se tiró por tierra el trabajo que durante años habían hecho organizaciones ugandesas en la zona, Kony se esfumó y no fue detenido, pero eso ya no interesó a los medios internacionales. La atención se diluyó sin preocuparse de lo que quedaba atrás. Hoy aparecen indicios que nos muestran que Kony sigue actuando de la misma manera que lo hacía en Uganda pero en las aguas revueltas de la República Centroafricana.

#Kony2012 fue apenas un destello de interés con más sombras que luces, hizo sentirse bien a algunos occidentales y reforzó la ficción de que los africanos, sin la ayuda de los países del norte, son incapaces de solucionar sus problemas; no fue capaz, ni siquiera, de resolver el problema concreto (no ya las causas y las bases profundas) sino que los desplazó y volvió a esconderlo bajo la alfombra; y de paso, arrasó los lazos de una compleja y trabajosa red social local. Pero cuando se apagó el resplandor eso ya no importaba.

Más recientemente, el “mundo civilizado” se ha movilizado en otra causa justa. En el norte de Nigeria, en el estado de Borno opera otro grupo armado, Boko Haram, con un líder que presenta todas las condiciones para ocupar el puesto de demonio de turno, Abubaker Shekau. En abril secuestró a doscientas niñas, convertidas en símbolo como las niñas de Chibok. Las estrellas de la música y el deporte, los políticos de distintos pelajes y hasta la primera dama estadounidense, Michelle Obama, se colocaron a la vanguardia de la comunidad internacional y se implicaron de manera firme y decidida en la resolución del problema (nótese la ironía). Lo hicieron fotografiándose con un cartel en el que se podía leer el hashtag de la campaña #BringBackOurGirls (‘devolvednos a nuestras niñas’). Algunos llevados por el ardor guerrero de la causa advirtieron que los hombres de Shekau no tendrían “donde esconderse” y que serían perseguidos hasta sus últimas consecuencias.

De nuevo Obama echó mano de su comodín resolutivo, envió equipos militares e hizo buenos los temores de la editora de origen nigeriano Jumoke Balogun: “Cuando usted presiona a las potencias occidentales y, en particular, al gobierno de los Estados Unidos a implicarse en los asuntos africanos y cuando usted reclama una intervención militar, en realidad, se está convirtiendo en parte de un problema mucho más grave. Se está convirtiendo en cómplice de la agenda militar expansionista en el continente africano. Eso no es bueno (…). Quizá usted no sea consciente, pero los militares estadounidenses aman sus hashtags porque les dan la legitimidad para invadir y aumentar su presencia militar en África”.

Como era de suponer esa firme decisión, esa implicación incondicional y ese compromiso hasta las últimas consecuencias del star system planetario pasó como una estrella fugaz. De pronto, los que advertían con ridícula beligerancia que irían “a por los terroristas” y que iban “a liberar a las niñas”, se pusieron a otras cosas y se olvidaron del tema. Las niñas no han sido liberadas prácticamente nueve meses después, Boko Haram sigue actuando y aquel “demonio”, Abubakar Shekau sigue liderando el grupo. Nuestro interés se ha dispersado y ya no nos interesa que los padres y madres de las menores, como muchísimos otros sectores de la sociedad nigeriana, sigan movilizándose y manifestándose. Y así seguimos pensando que hasta nosotros no hagamos “algo”, nadie lo hará.

Hace unos días en un debate sobre derechos humanos y redes sociales, expertos en la comunicación a través de estas herramientas y en la realidad africana como Jordi Pérez Colomé o Xavier Aldekoa, advertían del riesgo de dar visibilidad a las acciones de algunos grupos integristas e, involuntariamente, hacían bueno un mensaje lanzado por el escritor nigeriano Teju Cole en lo días de protagonismo de #BringBackOurGirls en el que decía: “Recordad: #BringBackOurGirls, un momento crucial para la democracia nigeriana, no es lo mismo que #BringBackOurGirls, una ola de sentimentalismo global”.

Esa “ola de sentimentalismo global” es la publicidad que puede alimentar a esos movimientos radicales. Y mientras nuestra atención (la de nuestros medios) se centre en el fogonazo de esa “ola de sentimentalismo global”, en las celebrities que tuitean el cartel o en el mensaje que transmite la campaña de una ONG extranjera (como en el caso de #Kony2012) estaremos colaborando con esa publicidad envenenada. La solución pasa por centrarnos en los “momentos cruciales” de las democracias locales, en las movilizaciones de la sociedad nigeriana o en las acciones silenciosas de las organizaciones ugandesas, en vez de dejarnos deslumbrar por el brillo de los famosos, en Nigeria, en Uganda, en la RD del Congo y en casi cualquier rincón de África.

Versión en catalán del artículo

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