Una segunda oportunidad para las malgaches víctimas de trata

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La sección Planeta Futuro de la edición digital del diario El País publicó este reportaje sobre la lucha contra la trata humana en Madagascar.

Una segunda oportunidad para las malgaches víctimas de trata

Muchas mujeres viajan de Madagascar a Oriente Medio y la Península Arábiga para trabajar como asistentas del hogar y se acaban convirtiendo en esclavas de sus patrones. El Syndicat Professionnel des Diplômés en Travail Social, la organización que combate esta lacra, denuncia las implicaciones de funcionarios del Estado

Notoriana Jeannoda en la sede de la organización. / Carlos Bajo

Una casa de un violeta intenso aparece de repente entre las callejuelas que forman los muros grises de Soamanandrariny. El trazado irregular y laberíntico de las calzadas y el colorido hacen que se presente como una aparición en medio de este barrio de las afueras de Antananarivo (Madagascar), a unos ocho kilómetros del centro de la capital malgache. Es la sede del SPDTS (Syndicat Professionnel des Diplômés en Travail Social de Madagascar) o, más concretamente, su casa de acogida. El lugar en el que se refugian mujeres y niños víctimas de diversas formas de violencia. Entre ellas, las víctimas de la trata, mujeres que emigraron a países más ricos buscando una vida mejor como asistentas del hogar y se encontraron con una realidad de violencia y esclavitud. Es la casa de los sueños rotos, pero también la de las segundas oportunidades.

En los últimos cinco años, el SPDTS ha registrado casi 2.400 casos de mujeres retornadas del extranjero después de haber pasado por ese trago. La mitad de ellas (1.200), fueron atendidas por la organización, la única que se ocupa de las víctimas de esta violencia. La entidad ha documentado los casos de 34 de estas mujeres que viajaron, fundamentalmente, a países de Oriente Medio y la península arábiga buscando su propio Eldorado, se encontraron con el infierno y nunca regresaron, o lo hicieron sin vida.

La sospecha es que los datos de esta organización malgache muestran sólo la punta de un iceberg vestido de legalidad a través de contratos laborales y alimentado por la necesidad y las esperanzas de sus víctimas. Sin ir más lejos, un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos publicado en junio de 2014 señala: “Las víctimas de la trata que regresan de Líbano, Kuwait y Arabia Saudita informaron de violaciones, abusos psicológicos, torturas físicas y violencia, acoso sexual y abusos, duras condiciones de trabajo, el confinamiento en el hogar, la confiscación de los documentos de viaje y la retención de los salarios”.

Norotiana Jeannoda transmite energía. Se mueve de una habitación a otra de la sede del SPDTS intercalando las explicaciones sobre la actividad de la organización con las indicaciones a sus colaboradores. Ella es la presidenta desde la fundación de la organización en 2005 y la figura más visible de la lucha de este sindicato de trabajadores sociales. Su combate contra la trata se ha convertido en una obsesión. En sus explicaciones se cuela un cierto tono personal. No se le puede culpar, es su teléfono móvil el que suena a menudo con peticiones de auxilio desde países lejanos. A veces, el SPDTS puede movilizar los recursos para dar respuesta a esas víctimas, otras Norotiana se tiene que conformar con consolarlas o se tiene que acostumbrar a no volver a escuchar sus voces.

El esquema de estos sucesos se repite. Las agencias de colocación internacional reclutan mujeres malgaches para trabajar como asistentas del hogar en países de Oriente Medio, de la península arábiga y, más recientemente, en China. Firman un contrato y se encargan del desplazamiento. Una vez en el país de destino, las mujeres están desamparadas. Son muchas las que sufren distintos tipos de violencia, explotación laboral, agresiones físicas, violencia sexual e, incluso, matrimonios forzados.

Las variantes tienen que ver con el estado en el que regresan a Madagascar (si es que regresan), pueden haber huido de sus “empleadores” o pueden haber sido denunciadas por estos cuando han dejado de ser útiles o se han convertido en una amenaza. Los profesionales del SPDTS han documentado lesiones físicas en las mujeres retornadas, enfermedades mentales, en ocasiones, embarazos no deseados, a veces, y serias dificultades para volver a encontrar su sitio en su entorno social y familiar. Muy pocas veces, la experiencia de la emigración ha tenido las consecuencias que ellas esperaban. Algunas, regresan muertas o desaparecen para siempre.

La intervención del SPDTS varía desde el asesoramiento legal y laboral a la asistencia psicológica y la atención médica. Dependiendo de los casos, los trabajadores sociales se encargan de buscar a la familia de las víctimas, de contactar con ella e, incluso, de preparar a sus miembros para el regreso de la migrante. La reinserción laboral y social también forma parte de estas labores, ya sea a través de formación o con un pequeño empujón material, una máquina de coser, semillas, un frigorífico, material escolar, son algunos de los elementos más habituales para que las víctimas puedan dar el primer paso hacia la reconstrucción de sus vidas. En los casos más extremos, la casa de acogida del SPDTS da cobijo a las retornadas hasta que pueden reencontrarse con sus familias.

Por su experiencia Jeannoda calcula que el 80% de las mujeres malgaches que aceptan las condiciones de una agencia de colocación internacional acaba cayendo en una trama de trata y siendo esclavizada. Líbano, Arabia Saudí, Kuwait y, más recientemente, China son algunos de los destinos más habituales. Y el SPDT combina la asistencia de las víctimas con el objetivo de que puedan superar el trauma y recuperar sus vidas, con la sensibilización de las candidatas a ser atrapadas por estas organizaciones y, también, la denuncia. Y en este último ámbito, Jeannoda no tiene pelos en la lengua y parece no tener miedo: “Los responsables de la trata forman estructuras organizadas. En primer lugar, porque el Estado es uno de los responsables. Esos contratos de trabajo son validados por el Estado, pero además algunos individuos con responsabilidades y con influencias en el gobierno son los que están detrás de las agencias de colocación. Pero después el Estado no se hace cargo de las víctimas, nos las remiten a nosotros”.

Las mujeres que se arriesgan a aceptar estos contratos, que después se convertirán en condenas, están motivadas, según la responsable del SPDTS, por “la crisis socioeconómica y la falta de perspectivas laborales, pero la situación se agrava con los problemas familiares o sociales. Si tienen a su marido en prisión o tienen un hijo discapacitado, por ejemplo, la oferta de salario en Líbano o Kuwait es mucho más alta que la de aquí y podría cubrir sus necesidades”. Pero también hay casos de jóvenes con estudios universitarios que necesitan dinero para completar su formación y creen que pueden conseguirlo trabajando como asistentas en el extranjero. “Cuando regresan no tienen nada”, se lamenta Jeannoda.

El regreso de las mujeres depende en gran medida de que “los ‘empleadores’ retirándolo de su salario les dan un billete de vuelta”, explica la presidenta del SPDTS. Sin embargo, lo más habitual es que sean deportadas después de haber sido detenidas y de haber pasado por la prisión. “Se han escapado, han terminado su contrato o las han echado, se han quedado sin papeles y han tenido que trabajar ilegalmente, o ejercer la prostitución, o su ‘empleador’ las ha denunciado, por ejemplo, por robo para deshacerse de ellas. Después de pasar por la cárcel son deportadas y así es como llegan aquí”, cuenta Norotiana Jeannoda.

En los últimos años, las denuncias de organizaciones como el SPDTS y algunos escándalos, muchos de ellos también aireados por el sindicato, han llamado la atención sobre el problema y han obligado a las autoridades a tomar algunas medidas, al menos, para salvar las apariencias. En 2013, por ejemplo, se prohibieron los contratos según las fórmulas que utilizaban las agencias de colocación, aunque eso no quiere decir que hayan dejado de hacerse ni que estas organizaciones hayan dejado de trabajar. “Ahora el 80% de las víctimas vienen de fuera de Antananarivo, las agencias las aíslan y se encargan de sus desplazamientos. Eso nos hace más difícil la labor de sensibilización, porque muchas ellas vienen de regiones remotas y mal comunicadas”, se lamenta Jeannoda.

La responsable del SPDTS explica con dureza una situación que puede resultar incomprensible. Lo que ella llama la psicología de la víctima y que es una especie de impactante “síndrome de Estocolmo”. La experiencia dice a Jeannoda que la mayor parte de las “mujeres que van como asistentas a Arabia Saudí y Kuwait, han tenido experiencias ya en el Líbano. Y la mayor parte de las agencias de colocación, a pesar de ser propiedad de personas con vinculaciones con responsables del Estado, están gestionadas por antiguas domésticas del Líbano”.

“El día de Navidad del año pasado estaba agotada, apenas había dormido durante la noche. Recibí ocho llamadas de mujeres que estaban en el extranjero. Me han amenazado de muerte. A veces individuales, a veces de las agencias de colocación. En alguna ocasión me han llamado las mujeres diciéndome que les dejase en paz, que no les pusiera obstáculos para ganarse la vida”, explica Jeannoda. En su forma de expresarse y de moverse esta malgache que acaba de superar la cuarentena, se muestra rocosa. La mirada y la palabra, abrupta, no pueden ocultar brillos de ternura y alguna sonrisa dulce que la delatan. Se expresa con firmeza y sorprende cuando repasa algunos de los casos con los que han tenido que lidiar, hasta que ya no puede impedir que los recuerdos le quiebren la voz. Se para, agacha la cabeza para recomponerse y vuelve a levantarla asegurando que van a continuar denunciado la trata.

Un cómic de retazos del dolor

La casa de acogida del SPDTS ha ido siendo el escenario de las historias terribles de mujeres que han visto truncados sus sueños y que han regresado su infierno particular. Y, sin embargo, es sobre todo un lugar lleno de esperanza. Con esas historias, Norotiana Jeannoda quiere publicar un cómic. Ahora, cuando aún es un proyecto, para el que como para el resto “no hay financiación”, el libro se titula Sahontra, no soy una mercancía, y se plantea como una historia de vida formada por muchas vidas.

En ese relato, está entre otros el caso de Manuela que sentía vergüenza de regresar a Madagascar. Su padre, sin embargo, hizo todo lo posible para llevarla de vuelta a casa. Regresó a Madagascar sin dientes por la mala alimentación, porque “sólo comía arroz con hojas de parra”. Unas semanas después, recuperó su pasaporte y volvió a irse a Kuwait.

Estará también el caso de Nathalie que después de haber sido víctima de múltiples agresiones sexuales en Líbano se quedó embarazada. La familia que le había contratado, le quitó a su bebé y lo vendió. Es muy posible que en el cómic haya algo de la mujer que llegó al aeropuerto de Ivato (en Antananarivo) con evidentes problemas mentales. Los profesionales del SPDTS contactaron con los familiares que pudieron localizar, pero estos se desentendieron. Después, fue la afectada la que habló con ellos. “Cogió el teléfono”, explica Jeannoda, “y les dijo que si no se ocupaban de ella no recibirían nada del oro que escondía en su bolso. Era verdad, no se sabe cómo había conseguido pasar una buena cantidad de oro por la frontera para compara una camioneta para hacer transporte colectivo”.

Quizá los personajes tengan rasgos de los maridos que rechazan a las esposas que se fueron para conseguirles una vida mejor. O puede que la historia que se cuente sea la del marido de Mansou, cuyo jefe llamaba al hombre mientras la violaba. El hombre lejos de renegar de su mujer, movió cielo y tierra para conseguir que regresara a Madagascar.

En todo caso, el nombre del título ya es un homenaje a Sahontra una de las mujeres que más ha marcado a Jeannoda, la que hace que sus ojos se vuelvan vidriosos al recordar. Sahontra fue una de las mujeres que trató el SPDTS, cuando regresó a Madascar tenía serios problemas renales. La presidenta de la organización encontró unos donantes dispuestos a sufragar el tratamiento de la antigua asistenta doméstica. “Me dijo que no quería, que su tiempo había acabado y que sólo le quedaba rezar, después desapareció sin dejar rastro. Cuando consigamos publicar Sahontra, no soy una mercancía la buscaré para que sepa que fue ella quién lo inspiró”, asegura Jeannoda.

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