Raharimanana, la virtud de la violencia constructiva

Hace ya más de cinco años, en una entrevista publicada en Africultures en 2008, un  escritor africano decía: “Mi escritura no tiene como objetivo hacer daño al lector. Mi sueño de escritura no es escribir sobre lo que hace daño, mi sueño de escritura es la poesía, maravillar ante las cosas, pero tampoco puedo  olvidar el contexto del que salen. También hay otras cosas. Cuanto más me dicen que mis libros son ‘violentos’, más cuenta me doy de que lo que les molesta no es la violencia, sino el hecho de que pueda introducir poesía en la violencia. Es esta cuestión estética de la violencia lo que perturba enormemente al lector”. Este artista provocador era el escritor malgache Jean-Luc Raharimanana.

Imagen del autor. Fuente: Editorial Vents d'ailleurs.

Imagen del autor Jean-Luc Raharimanana. Fuente: Editorial Vents d’ailleurs.

Sin embargo, su provocación no es casual. Tiene mucho que ver con su experiencia personal y con la intencionalidad de su obra. Muy joven empezó a hacer sus pinitos en el mundo del teatro y también muy joven se dio cuenta de que al poder no le gustan las críticas, tampoco las artísticas. Descubrió que su obra comprometida no tenía demasiado futuro en una República de Madagascar en la que el gobierno era capaz de presionar a instituciones culturales extranjeras para frenar representaciones que le resultaban inconvenientes. Así que mientras los manejos diplomáticos le cerraban las puertas en su propio país, un premio de RFI le abría las puertas del exilio, un exilio desde el que ha endurecido todavía más su crítica.

La segunda de las experiencias clarificadoras para Raharimanana fue la detención y tortura de su padre, un prominente profesor de historia, acusado de amenazar la integridad del país por intentar estudiar los enfrentamientos entre los reinos tradicionales malgaches. Como el propio escritor señalaba en otra entrevista, en la que hablaba sobre su volumen de relatos L’arbre anthropophage: “¿Dónde se encuentra el límite entre el pudor y la trascripción, entre el testigo y el dolor de una família? Me hubiera gustado que todo esto permaneciera en el territorio de la ficción, que en realidad nunca hubiera sucedido. También hay otro hecho, y es que mi oficio es el de “inventor de historias”. Así pues, ¿cómo poder justificar la veracidad de lo que cuento? Es difícil, pero es un pacto que hago con el lector. No le estoy explicando cualquier cosa”.

Cubierta de la edición en español de Nur, 1947.

Cubierta de la edición en español de Nur, 1947.

Así, en la obra de Raharimanana, la violencia se ha convertido en un elemento fundamental, no en vano una buena parte de sus libros se basan en algunos de los episodios más traumáticos de la historia de su país, ya sea bajo el régimen colonial o en el periodo de la independencia. Un ejemplo claro es la novela estandarte del artista malgache Nour, 1947 (publicada en español por El Aleph como Nur, 1947), que se desarrolla durante la represión de la administración colonial francesa a una revuelta ocurrida en 1947. La violencia descrita con crudeza queda sorprendentemente rodeada de poesía en la narración de Raharimanana. A pesar de que estos rasgos se han convertido en una parte importante del estilo del escritor malgache, el autor asegura que se trata del escenario (la miseria, la pobreza, la violencia) al que empuja un sistema con una inusitada capacidad para corromper y por ello asegura que la grandeza del hombre es “la lucha contra esa descomposición” y que en sus libros siempre está presente “la lucha perpetua entre lo sublime y la putrefacción”.

Pero los elementos de estilo de Raharimanana no se limitan a la exposición descarnada de la violencia, ni siquiera al compromiso político y social explícito. En su obra ha influido profundamente la tradición malgache, la literatura oral, los relatos populares, todo un bagaje cultural que ha ido creando un sustrato que se manifiesta de una manera más o menos evidente. Y también la combinación de todos esos elementos, de manera que esa violencia desnuda con la que provoca es, en ocasiones, digerible gracias a que se enmarca en una narrativa que funde lo real y lo fantástico, que juega con los sueños y los mundos invisibles, acercando a Raharimanana, de algún modo, al “realismo mágico”.

La producción más reciente de Raharimanana, Enlacement(s) formada por tres obras, Des ruines, Obscena y Il n’y a plus de pays, es la máxima expresión de todos estos rasgos, desde la provocación y la transgresión de los géneros, ya que se mueve entre la poesía, la prosa, el teatro o los cantos, hasta el dibujo de un panorama decadente, violento, doloroso y, a pesar de ello, lleno de esperanza. Ese escenario casi apocalíptico es, para el autor, el único posible  punto de partida, la única opción de reconstrucción, una especie de Ave Fénix que sólo puede resurgir de sus cenizas, con la confianza que ello supone en la capacidad del Fénix para renacer.

Como señala el yibutí Abdourahman Waberi, Raharimanana está creando poco a poco una obra poderosa (y extensa) que antes o después le llevará casi con toda probabilidad a convertirse en una referencia ineludible. Waberi escribe una de las advertencias más elogiosas para un autor como el malgache: “No vayan nunca a buscar a este autor (de novelas, relatos y relatos cortos), sobre todo, si pretenden mantenerse al calor del hogar”. Así es Raharimanana incómodo pero fundamental, dramático pero lleno de esperanza, violento pero lleno de esperanza.

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La extensa bibliografía de Jean-Luc Raharimanana.

Algunos fragmentos de sus obras.

Nota: Esta entrada fue publicada orginalmente en la sección de Letras Africanas de Wiriko.org

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