Bitácora de un documental (XXIX): Solidaridad ciega

El arroz todavía plantado, justo antes de ser recolectado. Foto: Carlos Bajo Erro

El arroz todavía plantado, justo antes de ser recolectado. Foto: Carlos Bajo Erro

A estas alturas os hemos explicado ya muchas cosas. Os hemos hablado de la importancia del arroz en la sociedad diolá, os hemos hablado de las funciones del rey, creemos que os hemos transmitido la dignidad y el orgullo de la gente de la que hablamos. Ahora queremos explicaros cómo esos elementos se ponen en relación y cómo se desarrolla una de las funciones más importantes del protagonista nuestro documental; cómo en la práctica el rey vela por los ciudadanos (ya os hemos explicado que la palabra “rey” no encaja exactamente con la figura diolá, pero no tenemos otra, es un mal menor; sin embargo, el equivalente a “súbditos” aquí no encajaría ni de lejos, así que nos negamos a usarla para que nadie se engañe) y cómo redistribuye los recursos.

Nos lo han explicado de primera mano, a fuerza de cultivar la confianza y de ganarnos el derecho por trabajar en los campos del rey. Y hemos visto algunos de los eslabones de la cadena de redistribución. Evidentemente, no hemos visto completamente esa cadena porque ese es el secreto del éxito del sistema de solidaridad… digamos, ciega.

El arroz es la base de la alimentación de los diolá de Oussouye. Se come arroz, siempre. Arroz con lo que sea, pero arroz al fin y al cabo. Y por eso, el arroz es la medida de los recursos de una familia. De repente, el hogar se queda sin las reservas anuales del cereal. Los graneros están vacíos, porque la cosecha no ha sido lo suficientemente buena, o por el motivo que sea. En todo caso, la familia pasará por dificultades. Sería algo así como nuestro “no llegar a final de mes”. Un miembro de la familia o quizá algún vecino de mucha confianza irá a advertir a las reinas.

Los manojos de arroz ya recolectados y secandose al sol. Foto: Carlos Bajo Erro

Los manojos de arroz ya recolectados y secandose al sol. Foto: Carlos Bajo Erro

Las reinas recibirán la petición y la trasladarán a los príncipes, que son los que en la práctica gestionan los graneros reales. Les pedirán un número concreto de cestas de arroz. Los príncipes se encargarán de ir a los graneros, recoger la cantidad convenida y entregársela a las reinas. Ellos, sin embargo, no sabrán quién va a ser el destinatario de la mercancía. No lo saben y tampoco lo preguntan. Tienen, por así decirlo, las llaves de los graneros, pero sólo cumplen instrucciones. Saben que su papel se limita a llenar cestas de arroz y tampoco quieren saber mucho más. Al amanecer del día siguiente, la familia que pasaba las apreturas se encontrará delante de la puerta de su casa o en algún lugar discreto unas cestas de arroz aparecidas como por arte de magia.

Sólo las reinas saben dónde ha ido a parar el arroz de los graneros reales. Pero ellas comparten ese concepto de dignidad, de orgullo y de discreción; así que, con ellas, el secreto está a buen recaudo. Las necesidades básicas han sido cubiertas y nadie ha quedado marcado. Al año siguiente, seguramente, la familia beneficiada se cuidará de trabajar en los campos reales a modo de silencioso agradecimiento. Y así, sigue engrasándose un engranaje de solidaridad de la de verdad, de la discreta, de la que se hace sin publicidad, de la que garantiza el bienestar sin renunciar a la humanidad, de la que hace fuerte a una sociedad que se preocupa por los suyos.

Nota: Esta entrada fue publicada originalmente en el blog de Documental en Oussouye

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