Africanos en el Nobel

Wole Soyinka, uno de los pocos africanos ganadores del Premio Nobel. Fuente: http://uncut.indexoncensorship.org

Wole Soyinka, uno de los pocos africanos ganadores del Premio Nobel. Fuente: http://uncut.indexoncensorship.org

Desde 1901 se han celebrado 105 ediciones de los premios Nobel de Literatura y 109 escritores han recibido el galardón. Sólo cinco de ellos procedían del continente africano. Habitualmente, el empleo del adverbio “sólo” podría ser juzgado como tendencioso. Sin embargo, en este caso, el desequilibrio es tan claro que está absolutamente justificado. Ni siquiera un 3% de los premiados proceden de un continente que alberga al 15% de la población mundial. Aunque es evidente que no se puede exigir proporcionalidad en estas decisiones, las cifras resultan al menos chocantes.

Es más, esos cinco autores suponen el escenario más optimista, es decir, un análisis de nombres, sin ningún tipo de matices. Unos matices que, por otro lado, imponen muchas salvedades. El nigeriano Wole Soyinka recibió el premio en 1986, el egipcio Naguib Mahfoud fue galardonado en 1988, los sudafricanos Nadine Gordimer y J.M. Coetzee recogieron la distinción en 1991 y 2003, respectivamente, y Jean Marie Gustave Le Clézio, de origen francés pero con nacionalidad de Mauricio, fue reconocido por la academia sueca en 2008.

Viendo la lista se puede pensar rápidamente en algunos de esos matices, dos de ellos son sudafricanos; otro, en realidad, es africano de adopción; y uno más procede de más allá del África subsahariana, si fuese ésta la distinción geográfica que quisiéramos hacer, aunque es evidente que no seremos nosotros los que pongamos en duda la africanidad de Egipto. Pero una de las salvedades más importantes, posiblemente la que más llama la atención desde la perspectiva de las literaturas africanas es que jamás, nunca hasta ahora, un autor que escribiese en una lengua nacional africana ha recibido el Premio Nobel. El inglés y el francés han copado estos privilegios, con la excepción de Naguib Mahfouz reconocido por sus obras en árabe.

La primera interpretación que se viene a la mente viendo este panorama es el menosprecio voluntario de las culturas locales africanas, consideradas muy a menudo como pobres o, incluso, primitivas. Sin embargo, vale más la pena huir de interpretaciones victimistas y que suponen una intencionalidad negativa. Así que nos limitaremos a pensar en dos factores que en realidad aparecen íntimamente vinculados.

Por un lado, la literatura africana ha sido tradicionalmente oral como ya se ha comentado en este mismo apartado. Esta circunstancia la ha mantenido apartada, evidentemente, de los circuitos de distribución y difusión de la literatura, concebida al estilo occidental. No se puede olvidar que los premios Nobel está inevitablemente aferrados a esta concepción. El segundo de los factores sería la debilidad de la industria editorial en el continente. La vinculación de este último con el anterior factor es evidente. La producción de libros es cara y además poco reconocida en la mayor parte de las sociedades africanas. Esto, sin embargo, no quiere decir que estas sociedades no tengan aprecio por la literatura. Si bien en muchos entornos el hecho de sumergirse en un libro puede se puede ver como algo extraño, las veladas de narraciones de relatos orales pueden prolongarse durante horas. De nuevo, no nos queda más remedio que revisar nuestro concepto de literatura.

En todo caso, la “marginación” de las lenguas nacionales africanas tiene mucho más que ver cuestiones comerciales que con un criterio puramente cultural, algo de lo que se supone que el Premio Nobel huye. En estos más cien años de galardón, el reconocimiento ha respondido en ocasiones a parámetros de popularidad, pero también ha habido apuestas arriesgadas de autores juzgados como de gran calidad aunque se moviesen en círculos muy minoritarios. Esta voluntad, sin embargo, no ha podido superar la barrera que en términos culturales se levanta en torno al continente africano.

Se nos escapan por completo los criterios del jurado del premio, pero no nos costaría demasiado hacer una larga lista de autores africanos que han recibido reconocimientos por sus obras en muchos otros entornos, como puede ser el siempre valorado por la Unesco Ahmadou Hampaté Bá o el nigeriano traducido una y otra vez Chinua Achebe. Huyendo de ese victimismo ya mencionado preferimos no pensar que son las temáticas de las obras africanas y su exigencia de romper con ciertos tópicos, las que incomodan a los académicos. De todas maneras, ni siquiera la voluntad de conjurar los malos pensamientos nos hacen creer que esta ausencia de africanos entre el palmarés del Nobel pone de manifiesto una visión de la literatura tan reduccionista que deja fuera obras que podrían resultar de gran interés y de las que se podría aprender mucho.

Nota: Este post fue publicado originalmente en la sección de Letras Africanas de Wiriko.org

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