Tiempos de cambio (hasta para los ricos)

Después del paréntesis estival (un verano en el que una amiga de las secciones de internacional de la prensa me decía que “este año de África, sólo vende la hambruna en el Cuerno”) me encuentro con una interesante serie de artículos. Una radiografía sobre la vida de los ricos africanos. Paradójico, ¿no?

Portada Dossier

Portada del Dossier en la web de Jeune Afrique

“Cambio de época para las grandes fortunas del continente. Sus cuentas bancarias no se han visto afectadas por la crisis pero el viento de la contestación les ha empujado a ser un poco más discretos”. Esta es la entradilla de un curioso dossier publicado el día 2 de septiembre en la edición digital del semanario Jeune Afrique. El título genérico “La nouvelle vie des riches” es suficientemente orientativo y el enfoque, a priori, realmente interesante (aunque el resultado efectivo es excesivamente desigual). El dossier pretende realizar un repaso por las formas de vida de las fortunas más importantes de un puñado de países africanos en un momento de cambios considerables en el continente. Sólo un dato, a modo de ejemplo, el artículo señala que la lista Forbes incluye los nombres de catorce millonarios africanos entre los más ricos del mundo. Son las fortunas visibles, en cuanto a las invisibles, las que proceden de negocios más opacos, el artículo apela a un estudio de Capgemini y Merrill Lynch para afirmar que el número de millonarios del continente asciende a 100.000.

Es cierto, la idea original es sumamente atractiva, pero el resultado cae en algunos errores de bulto que deslucen el trabajo en su conjunto. Por un lado, los autores de las diferentes piezas no han seguido unos criterios uniformes así que el conjunto da la impresión de ser, en algunos momentos, un conjunto de situaciones anecdóticas amorfas. Los enfoques de las piezas que forman el dossier son excesivamente distintos así que las expectativas que nos hayamos podido crear no quedan satisfechas.

Sumario del dossier de Jeune Afrique

Sin embargo, este primer error tiene que ver con otro más amplio y que además es habitual en la información sobre África. Si se asume el continente como un todo nos encontramos con un resultado frustrante, las piezas abordan situaciones tan diferentes que el objetivo inicial se diluye. Incluso, la hipótesis que se plantea como marco queda rebatida en algunas de las piezas. No se puede culpar a los autores, está claro. Pero las situaciones particulares de cada país son muy diferentes y, en principio, nada tiene que ver lo que ocurre en Túnez con la realidad de Sudáfrica, por ejemplo, o la de Costa de Marfil con la de Argelia, sin duda. De hecho el planteamiento inicial es que las corrientes de contestación popular (fundamentalmente en el norte del continente) han hecho que los “ricos” se vuelvan más discretos. Sin embargo, por ejemplo, el artículo que aborda el caso de Senegal pone de manifiesto que la ostentación va en aumento.

Después de estas “críticas” y para dejar buen sabor de boca, es de justicia reconocer que hay conclusiones interesantes que se pueden extraer de este conjunto de artículos. Por un lado, en los casos de los países del norte de África la premisa inicial se hace evidente la contestación popular ha hecho que los “ricos” prefieran no dejarse ver. Como señala el artículo que habla sobre la situación en Túnez “la razón de esta repentina discreción de la fortunas más llamativas y rápidamente amasadas se debe buscar en el miedo a tener que rendir cuentas en relación con los lazos con el clan Ben Ali”. El motivo, como refleja el caso egipcio es que las revueltas han supuesto “el fin de los intocables” y algunos de los empresarios más exitosos con los regímenes anteriores esperan su turno entre rejas. En una situación equivalente aparece el caso de Burkina Faso, donde también ha habido revueltas en los últimos meses (aunque no con los mismo resultados que en el norte de África). Y aunque el resultado sea el mismo, los motivos son distintos en el caso de Camerún. Allí el artículo señala que las purgas anticorrupción están detrás de la discreción de los potentados que prefieren no llamar la atención.

Por otro lado, hay un grupo de artículos que pone de manifiesto la naturaleza de esas fortunas, casi siempre amasadas a la sombra del poder. Así, la pieza que trata sobre la RD Congo muestra como las castas de los pudientes han ido mutando al mismo tiempo que el poder ha cambiado de manos, igual que ocurre con los grandes productores de cacao o café que se significaron a favor de Gbagbo en Costa de Marfil y ahora tratan de acercarse a Ouattara.

Una última conclusión, a pesar de estos vientos de cambio, la occidentalización de las fortunas se hace más o menos patente en casi todos los artículos. Por ejemplo, en la radiografía de la riqueza en Argelia se pone de manifiesto que los signos de poder son por ejemplo los Audi, las Ray-Ban o los iPhone, siempre, evidentemente muy a la vista. Lo mismo ocurre en la pieza sobre Senegal, donde, a pesar de la existencia de algunas protestas, parece que la ostentación del lujo se impone. Algunas de las pistas que da este artículo son aplicables a muchos lugares del África Occidental, como la llegada de las grandes marcas de moda y complementos, o de perfumería, el aumento de la venta de coches de alta gama (Mercedes, BMW, Audi) o los hoteles de lujo para disfrute de los ricos locales (acompañados por los occidentales) y envidia, también, de las clases populares locales.

En fin, el dossier sobre ricos africanos, salvando algunas deficiencias (como la de la ficticia uniformidad del continente) da algunas ideas interesantes sobre un tema del que habitualmente no se habla y es que en África también hay gente que vive muy bien… a costa, también, de otros que no pueden disfrutar de tanto lujo. La globalización de la desigualdad se impone.

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