¡Hazlo!… y explícalo

Si explicas lo que haces, lo estarás haciendo dos veces. A nadie se le escapa que la sensibilización debe ser uno de los objetivos de las organizaciones sociales. Da igual si actúan en el ámbito de la cooperación internacional, o si trabajan con el “cuarto mundo”; no importa si desarrollan su actividad en la atención a los ancianos o si se ocupan del ocio infantil. Educación, Sensibilización y Acción forman el círculo virtuoso porque está claro que la finalidad es cambiar realidades, pero también mentalidades.

Sin embargo, habitualmente el trabajo es mucho y los recursos, pocos, así que lo primero que se sacrifica es la comunicación. Pensamos que no pasa nada porque no contemos lo que hacemos, pero que es muy grave dejar de hacerlo. Y, sin darse cuenta, muchas organizaciones se van encerrando en una burbuja que les aísla del mundo. Sólo descubren la situación cuando empieza a faltar el aire dentro de la burbuja y sus paredes se han ido endureciendo. Entonces cuesta mucho trabajo romperlas y las organizaciones se ven obligadas a frenar su actividad para recuperar el contacto con el entorno. No es una buena idea descuidar la comunicación.

En estos tiempos de ambiente de tormenta, de pesimismo social, más que nunca la comunicación es un arma, como lo era para Celaya la poesía, cargada de futuro, en diferentes motivos:

– Es el teléfono por el que la organización habla con la sociedad: ofrece a la organización información de incalculable valor sobre el mundo que le rodea (qué piensa la sociedad de la organización, qué está demandando…), pero también es la herramienta para difundir el mensaje de la organización.

– La visibilidad es la garantía de la supervivencia: los recursos son escasos y es necesario hacerse ver, explicar el trabajo de la organización para que se valore correctamente.

– Multiplica el efecto de las acciones: partiendo de la base de que la educación y la sensibilización son objetivos prioritarios, la comunicación es la mejor manera de alcanzarlos.

Explicar lo que se hace no es un síntoma de autocomplacencia (si se hace correctamente), sino un instrumento más de la acción.

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